La noche que conocí a Zilia

Un domingo silencioso, de esos que se han repetido durante toda la cuarentena. Setenta días del distanciamiento social y ando recordando instantes de belleza.

El silencio absoluto me recuerda a los museos y pensar en la isla me recuerda a Zilia. A su edad tiene una trayectoria inmensa como artista, la cual ha sido enfatizada en años recientes y ha roto con esquemas establecidos para mujeres, caribeñas y queer.

Recordé belleza y pensé en el verano pasado. En él llegué a Ponce por cosas del trabajo. Decidí ir a la apertura de la exhibición, Zilia Sánchez: Soy Isla.

Era una de esas noches calurosas de Ponce y hacía mucho tiempo no asistía a una apertura, en las cuales por lo regular fluye el vino, la risa y a veces la pretensión. La primera noche de las exhibiciones son algo pomposas, en el Museo de Arte de Ponce no era diferente.

Me bajé del carro, estaba temblando, no sabía si era la emoción o las cervezas que me había dado con mis compañeros de trabajo. Entré al museo con una membresía acabada de estrenar. Este evento era members only. Mi recorrido comenzó, vi caras conocidas, artistas plásticos, curadores y galeristas, a quienes solo conocía por nombres.

Sentía que el corazón se me salía del pecho. En las primeras obras fui observando la planificación, realmente era un trabajo personal y bien pensado.

La composición casi arquitectónica salía de las paredes como si fuesen parte de la obra. Ocupaba el espacio tridimensional con gran elegancia.

La manera en que cada obra escultórica expandía el espacio y conversaba con el espectador era increíble. El espacio y la obra mutaban mientras me movía por las galerías.


Paso a paso podía reconocer la huella de Zilia en cada una de sus piezas, podía ver su pensamiento y su erotismo. Cada obra contaba con su propia fuerza y serenidad, como la noche ponceña.

Obra: Zilia Sánchez: Lunar con Tatuaje, 1968/1969: Foto: Lisa Marrero

Salí de las salas entendiendo el porqué es tan necesario el licor en estos eventos. Me dirigí hacia el patio del museo, donde estaba el party, justo al salir noté la típica área VIP de las exhibiciones, pero mi misión era conseguir una copa de vino.

Una vez la encontré me retiré hacia una esquina del patio del museo. Allí pensé y observé las interacciones entre los invitados. El cielo ya mudaba los colores, entre azules y negros. Eventualmente decidí irme, ya que el bartender me comenzaba a reconocer.

Mientras buscaba la salida, volví a pasar por el área VIP. Y la vi sentada, fui a dar una vuelta, buscando la valentía de acercarme a saludarla y en contra de mis inhibiciones entré.

Al entrar hicieron espacio para que me acercara. “¿La puedo saludar?”, pregunté. Me dieron el espacio. Ella me miró a los ojos y sonrió.

—¿Cómo tú te llamas? –preguntó agarrándome las manos.
—Lala, soy artista y maestra.
—Yo fui maestra por años, nunca te rindas.

No podía respirar. Zilia era algo grande. Mientras ella me sostenía las manos, yo pensaba en el honor que era tener esa conversación en el ruidoso cuarto VIP de un museo.

Hablamos., Ella a sus 93 años, yo a los 31. Zilia es la máxima expresión de todo lo que quiero hacer con mis manos, esas que ella sostenía entre las suyas, que habían construido la curvatura y el silencio sereno de cada pieza.

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